Línea perpendicular

Detesto tener cosas que perder, 
¿dónde dejé mi libertad? 
Quisiera salir corriendo sin dejar rastros, 
quisiera poder hacer lo que me da la gana, 
y ponerle a esta fiesta humo y excesos.

Volver a la comparación absurda del ideal, 
ser yo misma contra viento y marea
llevarme por delante cuanto sentimiento arrastre, 
volver al egoísmo matutino 
y vivir en función de mi ego.
Extinguir las amebas emocionales 
congelar todo sentir que atente contra mi humanidad. 

¡Maldita polarización geminiana! 
Devuelve a su curso las aguas que son de tu río 
y déjame a mi solitaria, 
en mi desierta vía, 
yo no necesito de tus salsas 
y no quiero verme correr. 
Devuélveme al neón de la noche
y déjalo que se clave en mi piel, 
que me moje, que fume, que rece, 
me caiga y llore, 
que implore paz interior 
y me arrepienta de cada sinsabor.

¿Qué hice yo para merecer perfección? 
He vivido mi vida de tal manera 
que se me juzgue y se me condene, 
¿por qué me premian con la felicidad clásica? 

Mis amigas buscan eso, 
mis rivales buscan eso, 
yo no he buscado más que desesperanza para ser feliz
y aquí estoy de verde primaveral 
en la llovizna de mis miedos.
¿A qué superintendencia debo elevar mi queja? 

La línea recta es mi más grande castigo, 
necesito urgentemente una válvula de escape 
que me lleve de vuelta a la línea perpendicular 
y de ahí a mi hermoso laberinto de minotauros.

(En Verdescarlatta, 25 de oct 2012).
Contaminado de Susan Sontag.

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